lunes 26 de enero de 2009

Una visita a la fortaleza Colección Fortabat

Ayer almorzamos en Mostaza, que parece ser lo más accesible en todo Puerto Madero, porque queríamos visitar la Colección Amalia Lacroze de Fortabat, que parece más un fuerte que un museo (por sus tesoros y su seguridad).

Al estilo de un faraón, o algún otro monarca antiguo, Amalita Fortabat, una de las mujeres más ricas de la Argentina, ordenó a principios de esta década la construcción de un edificio para albergar su gran colección de arte. Pero la crisis nacional del 2001 la golpeó fuerte (abandonó la lista de los más ricos del mundo de Forbes), estuvo cerca del default y tuvo que salir a vender activos para equilibrar su situación. Se deshizo de grandes pinturas y el edificio fue durante años uno de los pocos signos de fracaso en el prolífico barrio de Puerto Madero, un souvenir del derrumbe argentino incluso cuando la zona se beneficiaba de un nuevo boom inmobiliario (hasta hace poco).

En octubre del 2008, uno de los peores meses para la crisis mundial actual, finalmente fue inaugurado el Museo Fortabat. Fue un largo parto por cesárea, pero el recién-nacido no deja de ser hermoso.

Insisto con la idea de fortaleza. Que los que sepan de arquitectura me perdonen, pero el edificio proyectado por Rafael Viñoly es más lindo desde adentro que desde afuera. Es como un corchete apaisado que recién se empieza a disfrutar una vez que uno se ubica en el hueco entre los dos segmentos verticales y bajo el segmento horizontal. Uno llega a ese corazón vacío desde la calle Olga Cosenttini y se encuentra con el primer cuadro: una panorámica del río, los docks viejos y la ciudad.

Ese hueco supone la ausencia de una gran entrada al edificio. Es decir, en vez de una gran fachada, está ese espacio semi-abierto y las modestas puertas al restaurante y a la colección, a la izquierda y a la derecha, respectivamente. En esa especie de plaza seca uno se se siente acechado por ambos lados y parece difícil ingresar; parece que a menos que nos aferremos a una de las puertas terminaremos fluyendo desde la calle hasta el agua.

Y ya somos parte de la película del personal de seguridad del museo: hay cámaras por todos lados. Entramos al pequeño lobby, donde dos vendedores de entradas, un encargado del escaso merchandising, la encargada del guardarropa y un guardia nos miran de arriba a abajo. Hay una puerta a un auditorium, que casi no vemos, pero apuntamos hacia el rincón en el que nos cortan la entrada y empezamos a descender por una escalera mecánica angosta.

Es que no hay arte al nivel del mar. La disposición de las salas ha sido cuidada para que ninguna esté a la altura de la calle. Uno pasa de un subsuelo a otro y de allí al primer y segundo piso, siempre bastante apartado del mundo. Puede ser la mejor o peor manera de vivir un museo; nunca había sentido esa separación en forma tan drástica.

Otra característica particular es que, aunque no es un museo chico, no hay más que cuatro o cinco salas. Las obras están agrupadas en sectores, pero cada nivel es un único cuarto largo, un rectánculo contínuo, sin paredes que lo interrumpan, sin giros, vueltas, ni más rincones que sus cuatro vértices. Sólo en el segundo subsuelo hay un salón menor que corre en paralelo, y muy conectado, al principal.

Esto aumenta el disfrute, porque los cuadros se alinean sobre las extensas paredes formando figuras como las de un electrocardiograma.

Pero, pese a la carencia de rincones, uno se siente arrinconado. Las escaleras están flanqueadas por paredes (o entre una pared y el vacío), los pasillos a los baños son estrechos y por las amplias salas hay oficiales de seguridad que van rotando puestos fijos y otros que caminan incesantemente de una punta a la otra. "Esto es un laberinto", advirtió la guía al explicarnos como encontrar la salida. Como el interior de una pirámide, pienso yo.

Desde una de las escaleras apartadas saqué una sola foto con el celular. Alguien me habrá visto mediante una cámara escondida, porque desde lejos se apuró un guardia haciendo gestos negativos. "Buenos días, no se puede sacar fotos", "Ah, no, sólo estaba revisando un mensaje", "No se puede usar el celular", "Ah, disculpe". Estuve en algunos museos muy grandes y con obras que valen fortunas. En general, permiten usar cámaras sin flash, salvo en algunos sectores especialmente delimitados. Aquí, el folleto prohibe sacar fotos y dice: "Le rogamos, además, que apague su teléfono celular al ingresar [...] El edificio está vigilado por cámaras de video". Lo leí tarde.

El recorrido es perfecto. Nosotros primero hicimos la visita guiada (vale la pena) y después volvimos a empezar por nuestra cuenta. Pero no hay mucho por inventar. La arquitectura nos marca el punto de partida, el orden de cada sala y el punto final, sin muchas variantes. Y está bien. En los subsuelos, lo mejor: la Sala familiar; El paisaje, la ciudad y la tradición; Arte Internacional; El espíritu de la Modernidad; Figuraciones, y Berni.

En el primer y segundo piso, algunas pinturas más contemporáneas y objetos antiguos enfrentados a un magnífico ventanal curvo. Allí, todo es luz natural y la colección pierde protagonismo.

Mamá propuso que cada uno eligiera dos obras para llevarse a casa, pero a mi se me complicó y terminé con un listado de muchas semifinalistas. Esquivo a los Dalí, el Chagall, el Warhol (una serigrafía de Amalita), el Klimt, los Rodín y el estelar Turner, y selecciono estos:

Bri-país-gente, Cúpulas y Zig-zag, de Xul Solar
Juanito remontando un barrilete, de Antonio Berni
El almuerzo, de Berni
La cautiva, de Juan Manuel Blanes
La tropilla, de Fernando Fader
El censo en Belén, de Pieter Brueghel II
Paisaje de Arraial, de Guillermo Roux
La resistencia y El indeciso, de Emilio Pettoruti
Con la premura del caso, de Antono Seguí
Apartando en el corral, de Prilidiano Pueyrredón
Juego de cartas, de Héctor Basaldúa
El gabinete de Anatole France, de Pierre Paul Calmettes
Barcas, de Stephen Robert Koekkoek
Desnudo, de Cesáreo Bernaldo de Quirós
Alguien se voló, fue Jennifer, de Kenneth Kemble

El plano que entregan con la entrada está bastante bueno, incluye los nombres de todos los artistas expuestos, pero no comenta nada sobre el museo, su inauguración, sus objetivos, o la colección. La página de internet no me funciona muy bien (pude encontrar muchos de los cuadros nacionales vía este link).

Y también está bueno el post de Eduardo Iglesias Brickles. Me sumo a su comentario final: hay que rescatar cierto gesto filantrópico, aunque llegue en forma de caja fuerte en la zona más exclusiva (y más custodiada) de la ciudad.

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