viernes 12 de diciembre de 2008

Mundo Privado, de Patricia Rojas: impresiones porteñas

Hace más de una semana terminé Mundo Privado, de Patricia Rojas. Estaba en Mar del Plata, solo. Tiempo antes, alguien que no sabía nada sobre el libro me sugirió indirectamente que tenía que ver con ciertas conductas mías. Nada que ver, pensé y dije, es un texto periodístico sobre la vida en countries y barrios privados. Patrañas. Es otra cosa.

Sin embargo, esa es la excusa. Rojas construye una serie de crónicas y reportajes sobre personajes que habitan en las ciudades y barrios privados que emergieron hace poco en la provincia de Buenos Aires o en aquellos que existen desde siempre. Se manda una tremenda investigación documental: lee estudios locales y extranjeros sobre el tema, revisa toda estadística, revista, diario, folleto y sitio de internet que hable sobre algún country y averigua la historia de cada centímetro de lote. Toma muchos bondis, combis, remises, trenes, camina y camina hasta perderse en las rotondas de los barrios, o hasta quedar varada en una noche calurosa tocando puertas para que la acobije algún socio. Y habla, mucho, y escucha, más, a todos los que se cruzan en su camino: padres, madres, hijos, hermanos, socios, ex-socios, familiares, vecinos, mucamas, guardias, maestros, alumnos, dueños, inquilinos, chetos y grasas, señoras paquetas porteñas, zurdos de clase media, polistas patriarcales, gente rica, nuevo rica y deudores avergonzados.

Rojas se toma unas páginas para contextualizar y soltar una catarata de datos, como para desplegar el mapa. Después empieza a contar las historias. Cada capítulo, prácticamente, un country. Sus recorridos son raros, porque no avanzan necesariamente según la cronología de sus vivencias, ni según la secuencia de los hechos relatados. Pareciera que dentro de los capítulos trae y lleva cuadros y escenas en forma más bien instintiva. No sé hasta qué punto eso me gusta; me confunde, por momentos, pero tiene su encanto.

Hace tiempo que buscaba esto. Rojas abre las puertas a estereotipos de clase, de zonas geográficas, de formas de vida. Y a diferencia de Las viudas de los jueves, Cara de queso o la fallida adaptación de Amas de casa desesperadas, nos introduce a estos mundos explotando herramientas del periodismo y los géneros de no-ficción.

Pero, más que nada, es un libro sobre familias, sobre adultos y adolescentes, sobre cómo se acercan y alejan unos y otros. Y termina sin conclusiones ni moralejas, con un capítulo con poca fuerza emocional en el relato, aunque cargado de signos sugerentes, ambivalentes. Mirna y Virgina charlan con Rojas sobre sus familias (y las reflexiones son nuestras):

-[…] En general, dormimos tranquilos. No tenés que andar mirando detrás de las ventanas. y entrar al country es cómo entrar a una casa de cualquier barrio. Pero una vez que entrás con el auto, que venís del supermercado o con los chicos dormidos, ya está. Acá bajás muy tranquilamente. No te estresás por hacer todo a las apuradas porque te pueden asaltar mientras entrás a tu casa.

Virginia la escucha y agrega:

-Y durante el día estamos tranquilos porque todos sabemos dónde está el otro. Yo hago tenis en tal lugar, en tal horario, mi hija está en hockey, mi marido en fútbol y mi hijo con su grupo de fútbol. Se entrena dos veces por semana y los fines de semana competimos. Dina compite los dos días: el sábado para el equipo de hockey de su escuela y el domingo para el del country. En las competencias escolares de repente te toca contra chicas que van al Balmoral o el St.Alban’s. De repente, a mí me toca ser visitante en Abril y bueno, tengo que salir dos horas antes del partido y nos arreglamos con mi marido para que él se quede con los chicos y si les toca viajar a ellos, siempre hay un papá o una mamá que los lleva y los trae, o nos toca a uno de nosotros. Y es lindo saber que podés contar con otros y que después otros cuentan con vos y tienen la confianza de llevar y traer a tus hijos.

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